Brasil 2014, capítulo final / by Marcela Perez

El árbitro italiano Nicola Rizzoli ya pitó el final. Alemania se consagra Campeón del Mundo por cuarta vez en su historia al vencer a Argentina por 1-0 en el Estadio Maracanã de Río de Janeiro el 13 de julio de 2014. Los jugadores alemanes celebran mientras los argentinos Messi y Garay sufren la derrota. Foto: Eduardo Biscayart.

El árbitro italiano Nicola Rizzoli ya pitó el final. Alemania se consagra Campeón del Mundo por cuarta vez en su historia al vencer a Argentina por 1-0 en el Estadio Maracanã de Río de Janeiro el 13 de julio de 2014. Los jugadores alemanes celebran mientras los argentinos Messi y Garay sufren la derrota. Foto: Eduardo Biscayart.

El viaje de regreso, 48 horas después de la final y la consagración alemana, me brinda la fantástica oportunidad de escribir estas líneas para poner un cierre a la aventura mundialista. Por sobre todas las cosas, también sirve para ordenar pensamientos y colocar todo lo vivido en los últimos días en perspectiva.

Ha sido un Mundial palpitado intensamente por todos. Los que lo protagonizaron, los que teníamos el privilegio de contarlo, los que peregrinaron a Brasil con absoluta fidelidad y los que no se perdieron detalle en cada rincón del planeta. El fútbol, pese a todos sus defectos, brinda el beneficio de proyectar sus acciones de un modo inigualable. Aquí ha proyectado a un justo campeón en el seleccionado alemán.

De una final ya masticada y digerida, solo quedan apuntes. Detalles que la definen y la explican. Las claras oportunidades perdidas por Argentina en los pies de Higuaín, Messi y Palacio; el gran acierto de Schürrle y Götze en la acción del gol del campeonato. Los cambios positivos, y otros no tanto, que los entrenadores hicieron durante el partido. Los de Löw fueron decisivos y los de Sabella – quien con sus variantes había “acertado” durante todo el Mundial – no resultaron tan felices.

Argentina jugó una dignísima final. Con el correr del campeonato mejoró su fase defensiva y esto quizás haya resentido su juego ofensivo. Además de todo, perdió a un jugador clave como Di Maria, hecho que fue dejando expuesto a Messi, quien claramente no estaba más allá de un 60 o 70% en su forma física (aunque nunca lo sabremos precisamente, ya que Messi nunca se queja). Cuando el equipo albiceleste ganó en equilibrio sus atacantes comenzaron a alejarse del gol, exponiendo la vieja teoría de la “manta corta”.

Alemania, a través de una generación brillante liderada por Schweinsteiger a modo de estandarte, pudo esta vez coronar a su fútbol, tras haber “amenazado” con un título desde 2006. Al trabajo colectivo y a la magistral planificación, esta vez le agregaron la brillantez que se manifiesta en el golazo de Götze, al cabo de una definición mucho más compleja de las que se les presentaron a los delanteros argentinos en la tarde de Maracanã. El fútbol tiene esos detalles y en este caso el acierto valió un Mundial.

En la cola para subir al avión me preguntan si Garay pudo haber cerrado mejor en la jugada del tanto germano. O si era penal aquella jugada entre Higuaín y Neuer, a lo que respondo que sí a la primera pregunta y no a la segunda, que conlleva más que nada el deseo de mis paisanos a encontrar una excusa para la derrota – desde mi humilde punto de vista.

El título ya viajó sin atenuantes o peros a Alemania. El festejo se hizo en Berlín y no en Buenos Aires, aunque de un modo curioso también la coronación germana fue celebrada por algunos brasileños envueltos en banderas alemanas – lo cual parece un golpe bajo a la grandeza del fútbol brasileño, ya humillado por un doloroso e histórico 7-1 propinado por Alemania en la noche del 8 de julio en el Mineirão.

Quizás, solo así hasta haya resultado “lógico” ver a Branco (Campeón del Mundo en 1994) celebrar el gol de Götze, en el minuto 113 de la final como uno propio en el palco de prensa de Maracanã. Extraño como pueda sonar, aún sin ser excusa, quienes peinamos algunas canas sabemos que en ese súbito “amor” de Branco por Alemania mucho pesan las historias de aguas no tan benditas del recordado Argentina-Brasil de Italia 1990 que ya es parte de la leyenda.

Fuera de anécdotas y del campeón o el subcampeón, este Mundial nos entregó grandes revelaciones como Costa Rica. Grandes futbolistas como James Rodríguez, quien pese a jugar cinco partidos brilló para quedarse con el Balón de Oro, además de la Bota de Oro. Grandes arqueros como Neuer o Keylor Navas. Grandes goles como el de Robben a España, revolcando a media defensa española. Grandes decepciones como Felipão. Grandes golpes como la lesión de Neymar. Grandes goleadas como el 7-1. Grandes sanciones como la de Suárez, al cabo de un injustificable mordisco a Chiellini. O grandes fracasos como los de España, Italia, Inglaterra y Portugal.

El viaje de regreso a casa hace que la fantástica aventura (pese a que trabajar en eventos organizados por FIFA sea cada vez más complejo) comience a formar parte de la historia y la leyenda del fútbol. El vuelo de regreso es tan maravilloso que es capaz de juntar a Passarella y Maradona en el mismo avión. En la corta ruta de Río a Buenos Aires, los capitanes argentinos que en 1978 y 1986 recibieron la mágica copa diseñada por Silvio Gazzaniga, se lamentan por no haber podido darse el gusto de ver a Messi emular sus hazañas.

El Cristo Redentor, mudo testigo de milagros y proezas en el mítico templo de Maracanã, se va perdiendo en el horizonte. Brasil 2014 pasa a ser otro capítulo del archivo.