Copa América: éxitos, fracasos y pechos fríos / by Eduardo Biscayart

Chile y Argentina forman en el terreno del Estadio Nacional durante la ceremonia de los himnos nacionales, en la final de la Copa América 2015, el 4 de julio en Santiago de Chile. Foto: Eduardo Biscayart

El éxito define la gran mayoría de los actos del ser humano. El sábado 4 de julio de 2015, Chile logró un triunfo histórico y Argentina sufrió una derrota dolorosa, que injustamente se centraliza en la figura del mejor jugador del mundo: Lionel Messi.

Bien se sabe que el fútbol es un deporte colectivo. Cual si se tratase de un juego de naipes, uno puede contar con la carta más alta de la baraja y aún así salir perdiendo. El complemento a esa carta o la astucia para hacer juego, es lo que define el resultado final. Chile fue una expresión colectiva superior a Argentina y por ello se quedó con la victoria final en el desenlace de los penales, tras un 0-0 dramático al cabo de 120 minutos tan tensos como equilibrados.

El partido ya ha arrojado miles de análisis. El rango de los mismos va desde la categórica superioridad chilena al amplio fracaso argentino, pasando por un equipo ganador valiente y otro cobarde. Cada quien tiene derecho a su visión. Esta es la mía.

Física, táctica… y localía

Chile planteó el torneo como la gran oportunidad de obtener el logro más importante de la historia de la Roja. A favor contó con un calendario que le dio más descanso entre partidos que a nadie, y quizás también un camino hacia la final sin grandes sobresaltos. Además, tenía de su lado el masivo apoyo de su gente y el hecho de que su proceso de trabajo ya está afirmado en la idea de Jorge Sampaoli, que marcó la continuidad (tras el paréntesis de Borghi) de los revolucionarios principios de Marcelo Bielsa.

Chile sabe a qué juega y no dudó ni una vez en todo el torneo. Aún cuando Vidal le presentó un escándalo grotesco y Jara quedó expuesto por su toqueteo a Cavani. Ambos hechos pusieron a Sampaoli a prueba. No era fácil resolver, pero el estratega de Casilda (Santa Fe) siempre estuvo a la altura.

Tras el sufrimiento defensivo de la semifinal ante Perú (principalmente ante ese portentoso delantero que es Paolo Guerrero), Sampaoli tuvo que apelar a soluciones tácticas valientes. Francisco Silva, el Gato, no había jugado hasta la final. Marcelo Díaz venía de ser cambiado en el descanso ante Perú. Sin embargo ante Argentina ambos mediocampistas aparecieron desde el inicio y en posiciones que dominan pero que no les son tan habituales. Díaz como líbero y Silva como stopper por derecha, junto a Medel. Tanto Díaz como Silva cumplieron con creces. Sobre todo Díaz, dueño de una tarde imperial al comando de la defensa. Ambos hicieron que la falta de Jara no fuese un problema. Sampaoli tuvo allí un momento iluminado que le hizo ganar la pulseada con Martino desde antes de que empezara el partido.

Armada la retaguardia, Chile aplicó su clásica presión en el resto del campo. El peso de la final no se sintió en las piernas de los jugadores de la Roja; al contrario. El factor físico fue decisivo, al punto que Sampaoli solo hizo dos sustituciones en los 120 minutos de juego. Empujado por un fervor conmovedor que bajaba de la grada, Chile hizo que Argentina se desgastara hasta languidecer en el campo. Chile tenía combustible de sobra y convicción para ganar del modo que fuera. Anuló a Argentina hasta partirla. Sin el peso de sus individualidades y con poca fluidez en el juego, la tarde se hizo noche para Argentina. El acierto de los penales decretó el inexorable triunfo chileno en un partido de escasas emociones ante los arcos.

Déjà vu

Las imágenes de dolor se multiplican en los hinchas y jugadores argentinos. Llegar a dos finales no será nunca un fracaso, aunque perderlas refleje que nuevamente no se haya tenido lo necesario para vencer.

Varias fueron las claves. Como ya queda expresado, Sampaoli tuvo un mejor papel que Martino en la tarde santiaguina. Ese fue el detalle más importante.

El infortunio de Di María trajo a la memoria aquel partido del Olympiastadion berlinés del Mundial 2006, con José Pekerman en el banquillo. Abbondanzieri se lesiona y eso obliga a "quemar" un cambio; entra Leo Franco a los 71 minutos. Riquelme, cansado pero no tanto, es reemplazado por Cambiasso a los 72 y Cruz releva al agotado Crespo a los 79. Argentina ganaba pero Klose empató en el minuto 80 y Alemania terminó venciendo por penales. Pekerman sigue cargando con la loza de haber dejado sentado a Messi porque prefirió la altura (física) de Cruz por delante del atrevimiento del juvenil Leo. Pekerman fue liquidado por muchos, aunque todos sus movimientos tenían una lógica futbolística. Faltó algo; aquella vez no era la hora de Argentina y esta vez, con Martino, tampoco lo fue.

En la tarde del Estadio Nacional, la baja forzada de Di María dio paso a Lavezzi. Con lo que Martino perdió a una pieza vital para su esquema, puesto que Ángel es nada menos que el balance táctico de Messi. El jugador que abre por la izquierda la defensa rival para generar pasillos por el medio para Pastore, Biglia y Messi, quien arranca desde la derecha. Además, gracias a su formidable entrega, Di María nivela al equipo defensivamente. Lavezzi es más profundo que Ángel, pero no tiene las mismas cualidades colectivas.

La salida del extremo del Manchester United, víctima de un año lleno de lesiones, conspiró contra el dibujo táctico que potencia a Messi. Además le dejó el corredor libre a Isla, quien fue uno de los mejores jugadores de la final. Sus subidas generaron un desgaste decisivo en Argentina.

El siguiente factor es Gonzalo Higuaín. Casi calcado con aquel partido de Berlín en 2006, el entrenador prioriza la altura física por sobre el manejo del balón. Además del nulo impacto del cambio y de la triste actuación del Pipita, a Martino le pesará el haber dejado sentado a Tévez, quien venía de una temporada mucho más relevante que la de Higuaín. Sin ser "bilardista", me viene a la mente una decisión puntual de Carlos Salvador: Mundial 1986, octavos de final; Pedro Pablo Pasculli juega de titular en el duelo en Puebla ante Uruguay. Pasculli anota el solitario tanto del ajustado triunfo ante los charrúas. Luego, no vuelve a actuar en el resto del torneo. Bilardo tuvo una visión y acertó. Con esas movidas es como los estrategas ganan las grandes partidas. A veces hay que ir contra la "lógica" o favor del instinto. Esas decisiones marcan a los entrenadores y definen la delgada línea entre el triunfo y la derrota.

Sin Pastore ni Agüero, y con Higuaín lejos de su mejor forma, Messi se fue apagando. La caída física (que solo pareció afectar a Argentina), fracturó al conjunto albiceleste en el campo. Messi se quedó solo contra tres rivales, muy lejos de una línea media que ya se había pegado a la defensiva, cerca del área Argentina - factor repetido en partidos de la era Sabella. Chile buscó eso, para así desactivar al mejor del mundo. Aislado y frenado Messi quedó restringido por infracciones inocuas, aun cuando superaba a uno o dos rivales muy lejos del área. Sin embargo, en el minuto 92 fue capaz de armar una jugada que casi le da el título a su selección. Sus detractores preferirán olvidar eso, además de toda la grandeza de Leo.

El tramo final hasta los penales fue un incordio para Argentina. Mientras a Chile le sobraba un cambio, a Argentina le hacían falta al menos dos. Mascherano y Lavezzi estaban en una pierna producto de problemas musculares. Aún así, ante un equipo muy disminuido, Chile no fue capaz de desbordar a Argentina ni de crearle muchas situaciones claras (apenas dos, ambas a través de Alexis Sánchez).

De otras leyendas, pechos fríos o jugadores que no están a la altura de la camiseta, no vale la pena comentar. Hay que saber ganar y hay que saber perder. El resultado es lo más importante, pero no tanto como para destruir a un ícono como Messi, que para bien o mal, jamás será como el irrepetible Diego Armando Maradona.

El acierto en la tanda de los penales ratificó todo lo hecho por la Roja y por Sampaoli. El triunfo de estos jugadores chilenos engrandece la rica historia de todo el fútbol, el de los Livingstone, Figueroa, Caszely, Yáñez, Zamorano y Salas.

Argentina debe asumir el duro golpe e insistir en este camino, puesto que en esta Copa América solo fue frenado por un equipo que no pudo superarlo en el campo, aunque sí logró limitar su juego. Por ahora, Martino tiene crédito, pese a sus errores en la final.

Como Brasil, quizás en crisis más profunda, la Albiceleste debe volver a la base para armar un proceso de trabajo serio a través de las categorías juveniles, imitando la exitosa era de Pekerman, hoy vista con una nostalgia propia del tango. Muerto Grondona, la AFA debe encontrar un dirigente capaz que se haga cargo de un fútbol que necesita un soporte sólido para reemplazar a un líder demasiado poderoso. Cada quien con sus matices, Argentina y Brasil deben revisar sus estructuras para así recuperar su esencia.

Párrafo especial para Perú, quien alrededor de la calmada y sabia figura de Ricardo Gareca, plasmó al igual que hace cuatro años, un torneo memorable. El desafío peruano pasa ahora por ratificarlo en la exigente Eliminatoria Sudamericana que comienza en octubre, donde los incaicos van detrás de la ilusión de regresar a un Mundial, adonde no llegan desde 1982. Pese a las repetidas debacles desde aquel entonces, Perú siempre ha tenido futbolistas de calidad; para volver a aquellas épocas, el gran reto es el aspecto mental.

Chile aprovechó su gran momento y todos los factores aquí expresados para elevarse, como el cóndor andino, a la cima del continente. La Copa América se quedó, de un modo histórico, en manos del local. Chile fue el mejor y supo premiar la coherencia de Jorge Sampaoli y el proceso iniciado por Marcelo Bielsa.